miércoles, 14 de junio de 2017

El maestro.

La figura de un maestro ha representado siempre la sal viva sobre esta tierra. Son y han sido muchos los que han apostado por una visión distinta del hombre, y consecuentemente, del mundo.

    Muchos fueron perseguidos, otros acusados, otros sentenciados, otros quedaron en el anonimato, pero cada uno dejó impresa su huella, supo esparcir sus semillas en terreno fértil.

    Un maestro orienta, indica, reconforta, motiva, marca una dirección, transmite una enseñanza, pero no puede hacer el trabajo por ti. No puede traspasarte su experiencia, su lucidez, su discernimiento ni sabiduría, pero puede reavivar tu llama para reducir a cenizas tu ignorancia, tu atolondramiento. De ahí que a veces los métodos no sean iguales para cada persona, porque el maestro no responde preguntas, sino a quien las formula.

    El maestro es una luz que guía en la oscuridad, un faro que permite que veas los objetos con los que chocas, pero no le pidas que los aparte, que los retire, porque él también los tiene que sortear. Un maestro puede ser amable, noble y cercano, pero también firme, tajante y exigente. Eres tú quien se ha cruzado en su camino; él se mantiene en el suyo. Eres tú el que necesita beber de su fuente; él ya está saciado.

    Un maestro no trata de convencer. No impone, sino expone. Sus argumentos pueden no ser consistentes porque no quiere ir hacia tu mente, sino hacia tu corazón. Por ello su lenguaje no es el de un erudito que trata de adoctrinar, de imponer criterios, sino que provoca que llegue una brisa en tu rostro que obligue a girarte, a percatarte de otros vientos que pueden provenir de otras direcciones. El maestro sabe que si te rellenas de conceptos crearás un muro alrededor de ti, te aferrarás a ellos, te ocultarás tras los mismos. Su misión es destruir todo lo que crees que te protege; te deja inválido hacia una experiencia que debe ser tuya y nunca prestada por nadie. Pero para que la receptividad no provenga sólo de los pensamientos, el maestro provocará en ti una conmoción. Provocará que el discípulo deje a un lado su mente para que haya un acercamiento de seres, de almas.

    El maestro no intenta cambiarte, sino que por ti mismo te hagas más consciente. Respeta la base esencial sobre la que te sustentas: tu propio ser. Sin embargo, un maestro carga con todas las proyecciones y expectativas que puedan generarse hacia él. Es de todos y de nadie, escurridizo y también cercano. Su actitud descoloca porque es imprevisible. No encaja en ningún esquema mental, desprende contradicciones porque es la manera de complementarse. Deroga cualquier responsabilidad exigida hacia su persona, porque en última instancia, el maestro, es una llama en sí misma, una luz que se autoilumina y que puede irradiar a quien esté receptivo y abierto. Es su energía lo que atrae, nunca su ego. Se sirve de símiles y comparativas porque sabe que el lenguaje es incompleto para expresar lo que está más allá de las palabras.

    Todo ello provoca un golpe de luz, destruye los cimientos de las creencias y las estructuras de cómo deben ser las cosas. Hace añicos lo que consideramos permanente para asomar la visión más allá de los muros que hemos creado alrededor. Es su manera de expresar su compasión, su amor. La compasión de un maestro no va ligada al apego ni a la docilidad perpetua. Por ello despierta celos, animadversión, y se despiertan los detractores. El maestro puede pasar de ser el más querido al más repudiado, porque falló en la expectativa generada, porque sigue su propio camino, porque no tiene en cuenta tu proyección. La manera de expresar su amor no es la convencional, por ello desconcierta a todos a su alrededor.

    Existe una leyenda hermosa sobre Buda. Se dice que cuando iba algún erudito a preguntarle, alguna persona cargada de conocimientos sin afán genuino de búsqueda, sin más intención que el de un cruce dialéctico, Buda invitaba a esa persona a estar a su lado durante dos años en completo silencio. Una vez pasaran esos dos años, aquella persona podía preguntarle sobre lo que quisiera. El tiempo pasaba, dos años junto a Buda sin preguntar nada, buceando en el silencio interior, profundizando en los recónditos recovecos del ser. Una vez pasaba ese tiempo, Buda les recordaba que ya podían iniciar la rueda de preguntas, comenzar a cuestionar todo lo que quisieran. Era algo muy significativo porque las personas que permanecieron durante esa temporada bebiendo de la misma fuente sintieron que las preguntas se desvanecían, se desintegraban, porque por contra, otro tipo de integración sucedía, otro tipo de comprensión se creaba, y ya las preguntas dejaban de ser relevantes, sustanciales. No preguntaban nada, no había nada que preguntar. Se postraban a sus pies y tan sólo le expresaban su agradecimiento, su manera de atajar la experiencia de la verdad. Así pues, Buda, que en apariencia podía parecer esquivo a atender preguntas, daba la oportunidad a través de la experiencia a que la respuesta surgiera dentro de cada persona, sin implicar la mente intelectiva, sino la comprensión profunda. Así evitaba el enredo discursivo, y en ese gesto, en ese acto, era la manera en la que se expandía su compasión.

    El maestro puede parecer frágil, débil, pues su fortaleza no está al alcance de los ojos de los demás. Puede parecer ingenuo, pues su saber es el florecimiento de una inocencia recuperada sobre una experiencia. Te puede hacer sentir incómodo, puede que no encaje en tu modelo de lo que es un maestro, puede que le veas cotidiano, mundano, terrenal. Puede que no sea solemne, sino jovial. Puede que disfrute de los pequeños placeres sin la espera de una recompensa celestial, y convertir así lo más sencillo en divinidad.

    Así evita el pedestal, el rango de superioridad. Así está en un mismo nivel al igual que el de cada uno, porque al fin y al cabo, maestro y discípulo subyacen en sí mismo.

    Al maestro también hay que saber soltarle, puede ser un lastre en la evolución personal y espiritual. Puede convertirse en un apego, en una barrera que nos vuelve dependientes, que entronca con la madurez individual. Como dijera Krishnamurti: ¨Al fin y al cabo lo importante es trabajar con uno y no con alguien¨.

    Aunque el maestro es una máxima ayuda, un reconfortante vehículo de la enseñanza, se debe utilizar como la indicación y no como el camino en sí, pues en definitiva, uno mismo es su propio maestro y en uno mismo reside su propio discípulo.

 

















domingo, 7 de mayo de 2017

La capacidad de asombro.

Asombrarse es la capacidad de mirar siempre con los ojos renovados. Es un acto en peligro de extinción en el momento en que nos basamos y regimos siempre desde la lógica de las cosas.

    El mero acto de asombrarse va ligado a una actitud de cierta ingenuidad e inocencia; virtudes asociadas a la ausencia de conocimientos. Disponer de una capacidad de asombro no significa buscar el renovarlo constantemente, quizás el mismo hecho de observar el transcurso de los acontecimientos dispara el apreciar hasta el más mínimo detalle. Significa, pues, encontrar un significado en lo puntual, una carga de contenido en lo sencillo, y un asombro interior incluso en lo que damos por sentado.

    Reservamos el asombro para cuando ocurra lo extraordinario, desperdiciando así un proceso de florecimiento en lo ordinario. Dependiendo de la mirada, dependerá nuestra receptividad. El asombro de un niño es una buena prueba de ello. Para él todo es nuevo, grandioso, majestuoso, y su curiosidad se expande en todo aquello que le asombra.

    Esa capacidad la perdemos, se desinfla o la corrompen. Se deja paso al tedio, el aburrimiento y la familiarización con las cosas que nos rodea, perdiendo un renacer a lo que se va presentando. No logramos identificar el milagro frente a nuestras narices, porque lo analizamos, lo diseccionamos, y extraemos una conclusión reducida a la razón.

    Nuestra mente ha resuelto el misterio. ¿Para qué más extender el asombro? Algo vivo como una flor ha quedado enumerada en partes, en clasificaciones, en tipos de flores. El misterio de exhalar su aroma ya no es sorprendente, porque como ella, hay millones más. Hemos asesinado lo asombroso, hemos reducido en una parte algo en lo que se manifiesta la totalidad.

    Nuestra carga de conocimiento puede entorpecer el asombro. En el momento en que ¨sabes¨, te cierras a saber; en el momento en que ¨conoces¨, te niegas a dejar entrar el conocimiento. Se van acumulando memorias y en cuanto lo sorprendente se posiciona delante de nosotros, giramos la mirada. No podemos cargar con más, es mucho lo acumulado. Es mucho lo que todavía no nos ha dado tiempo a digerir como para ingerir más. Pero esa es la visión de la mirada que pertenece al pasado, o la visión de la expectativa del futuro. Si soltamos ambos extremos, podemos juntar las manos y sucede el milagro.

    De una manera espontánea, en apertura, en actitud relajada, accedemos al asombro. Dejamos la identidad que tanto enjuicia para ser consciencia dejándose embriagar; operamos con la inocencia del niño que aún no necesita reducir todos los contextos a una experiencia racional. Así la vida es un asombro continuo de momentos, incluidos los menos deseados, incluidos los más detestados.

    El asombro no es sólo por los estímulos del exterior, también el misterio de vivir, de pertenecer a una existencia. El milagro de ver nacer a un bebé, la observación del rocío al amanecer, el ensimismamiento de un silencio al atardecer. Asombrarse no significa exaltarse continuamente, ni acceder a la euforia desmedida, es una comprensión más profunda de ver lo milagroso en lo que nos rodea, lo divino en lo que nos alberga. Es estar despiertos a lo que es, recibiéndolo con una fuerte carga de alerta y receptividad, porque sabemos que su connotación de sentido no se volverá a repetir.


    La capacidad de asombrarnos se pierde en cuanto nos llenamos de decepciones, de desencantos, de frustraciones, de una supuesta madurez hermética de la que no podemos escapar. La capacidad de asombrarnos es recuperar la mirada del niño, pero sin su ausencia de ¨saber¨. Es volver a descender a los grados en lo que todo conformaba un espectáculo lejos del raciocinio. Es el saber de una ausencia de conocimiento que se perpetúa inmaculado y que permite asombrarnos en la propia instantaneidad, aportando con nuestro asombro color a lo incoloro, curvas a lo lineal e intensidad a lo monótono.

    Recuperemos el asombro que hemos silenciado en nosotros por encajar en unos patrones determinados. Avivemos la llama que cada vez se va consumiendo por buscar el ser correctos y diplomáticos. Nuestra seriedad puede reconciliarse con una actitud más expandida a captar lo que nos pasa inadvertidos por estar infundados en una personalidad de estructura petrificada.

    Para retornar a nuestra capacidad de asombrarnos no hay que recurrir al libertinaje, simplemente en silencio, en la quietud del momento, pues como dice el zen: ¨La hierba crece sola¨.








domingo, 16 de abril de 2017

El coraje.

El coraje es el impulso que nos moviliza a actuar aun sintiendo miedo. Por ello, el coraje, es una palabra de gran connotación, pues a diferencia de la ¨valentía¨, tiene la cualidad de poder transformar a la persona.

    Ser valiente puede implicar la interpretación de estar exento de miedo, pero el miedo a veces es necesario. El coraje es arriesgar yendo de la mano con el temor, porque en cierto modo, el miedo implica un grado de temeridad necesaria.

    Con coraje uno sale de su comodidad, explora lo desconocido, se adentra en lo misterioso. Permite ir con lo que uno es en ese momento, con sus limitaciones e inquietudes, pero con ello emerge la voluntad de dar el primer paso. El coraje no es exponerse a un peligro ni ser un kamikaze, sino que puede abarcar la firme resolución de abandonar los patrones que ya no nos sirven. El coraje de soltar para también agarrar, cambiar para poder evolucionar, despegarse de lo que uno es para volverse a crear.

    La valentía sin más puede estar envuelta de arrogancia, orgullo, altivez o altanería. El coraje es humildad no sometida, es la libertad comenzando a ser esculpida, es el potencial de cada individuo eclosionando en su metamorfosis personal. Sin coraje no hay capacidad de crecer. La persona se encierra en sus limitaciones y está a la espera de que las cadenas que le someten se rompan por sí solas.

    El coraje implica determinación, esfuerzo y dosis de una motivación dispuesta a perder al ¨doble o nada¨ todo aquello importante y que a la vez le esclaviza. El coraje no puede ser algo mecánico; se necesita estar presente. Se involucra entonces la consciencia y se requiere salir del yo robotizado. Es sin duda una fragancia en el individuo que lo puede respirar por sí mismo cuando sus pasos se aproximan hacia un terreno que no conoce, y por el que nunca ha transitado. Es también la rebelión que se va generando en el interior de una persona cuando se siente obligado a transmutarse, a mudar la piel que le asfixia, a renovar su psicología cuando ésta no es fructífera.

    El coraje es un primer acto, lo demás vendrá dado por la circunstancia y los factores, pero lo que está claro es que esa fuerza que emerge de dentro no deja indiferente a quien lo experimenta. Dicho recurso se puede ofrecer cuando la situación es límite o insostenible, o cuando las circunstancias cierran alternativas dejando como única la opción de ser más fuerte desarrollando coraje. Supeditado a la consciencia, no es una reacción desorbitada ni anómala, como tampoco una respuesta vengativa; de hecho, puede aflorar dicha actitud sin hacerla visible a los demás convirtiéndola en un sano derecho a querer salir de cualquier arena movediza en el que se esté atrapado.

    El coraje puede configurarse en base a la necesidad de derrumbar creencias, códigos, estados de ánimo y un sinfín de mecanismos en los cuales denotamos que nos mantienen atascados y empujados por su inercia. Es entonces cuando un ¨no¨ contiene más coraje que ceder a lo que nos repulsa o detestamos.

    En la dimensión espiritual, el coraje es inevitable. La existencia no hace concesiones, no tiene miramientos ni ¨ojitos derechos¨, y la manera de acceder a su núcleo es saltando al océano de la vida. Su acceso no es un camino de rosas, sino un acantilado al que con asomarnos sentimos el abismo que parece engullirnos. Por ello, el buscador no puede recorrer su senda sin desarrollar coraje, porque forma parte intrínseca de su evolución espiritual. La valentía se echa a un lado, porque esa carcasa visible como una tarjeta de visita, queda quebrada ante la decisión de zambullirse al corazón mismo de la vida, sin paracaídas, sin amortiguadores, tan sólo con una esencia que no tiene con qué protegerse salvo su ser real, y para ello, se requiere mucho coraje.

    La existencia nos propone inseguridad; nada es seguro, nada es cien por cien fiable. Y si una de las cualidades más intrínsecas de la vida es la inseguridad, deberemos reunir todo el coraje para poder adentrarnos en el desafío que nos propone. Si no, no hay crecimiento; si no, no hay capacidad de transformación. Todo se vuelve un barrizal que nos va atrapando poco a poco y, el coraje en última instancia, debe resurgir.

    La ausencia de coraje da como resultado un abandono de soberanía en la esencia de la persona. Uno queda al arrastre de la inercia; las riendas nunca son tomadas, las huellas son pisadas por otros. El resurgir del coraje activa un tipo de potencial, crea un anclaje de un yo firme y resolutivo dispuesto a darlo todo cuando la situación lo requiera, sin vacilaciones, sin titubeos, con la sana creencia de que puede darse un paso más.

    Sin coraje uno se convierte en un resultado de contrariedades sin poder remar hacia donde quiere dirigirse. Sin coraje se derrumba las posibilidades, se estrechan los sueños y gana la partida lo que consideramos injusto. Con coraje el ser humano se integra en una interactuación existencial sabiendo tomar el ritmo y ajustándose a su compás.


















domingo, 5 de marzo de 2017

El silencio.

El silencio tiene su propia fragancia, su propio aroma.

    El silencio siempre está ahí. Aunque no lo percibamos, el silencio se mantiene sustentando lo audible. Entre palabras pronunciadas también existe el silencio; entre uno y otro pensamiento existe un espacio de silencio.

    El silencio que a veces se produce en nosotros de manera natural y espontánea, reporta un descanso, un bienestar y una gran serenidad. A veces se relaciona el silencio con tedio y aburrimiento y acabamos huyendo de él porque nos deja cara a cara con nosotros mismos y eso nos incomoda.

    Para acceder a él no sólo hay que acallar un griterío, no sólo hay que encerrarse en una habitación, no sólo hay que bajar el volumen del televisor. El silencio exterior llega a ser una antesala de otro silencio más renovador. Cuando el pensamiento acalla, cuando la agitación se disuelve, entonces no es que uno acceda al silencio, es el silencio quien nos toma. Embriagados en el mismo, emerge otro tipo de vivencia, se desarrolla otro tipo de comprensión. Uno parece tener espacio para afincarse, para enraizarse en su propio ser.

    El silencio no sólo es ausencia de sonido. En él se pronuncia un nuevo significado, en él se produce otro tipo de entendimiento. Traducir el silencio es dejar a un lado las palabras. La palabra está recargada de connotación, pero en sí, la palabra está hueca, en ella no hay nada intrínseco excepto lo que cada una conlleva y se le ha proporcionado. Es como una vagoneta que lleva una carga pero que no consigue ser transportada mucho más allá. El significado de la palabra lo encontramos en el intelecto, pero el silencio está más allá del intelecto. La relación de la palabra lo encontramos en la memoria, pero el silencio está más allá de la memoria.

    El silencio colma y sobre el mismo florecen bendiciones. Pero en el mundo que conocemos, el silencio puede llegar a estar mal visto. Una persona silenciosa, anclada en sí misma, saca de los nervios a la persona ruidosa que está al lado. Hacer ruido está visto como síntoma de celebración; el alboroto es sinónimo de alegría, pero se ignora que el silencio es síntoma de gozo, sinónimo de dicha.

    Aun estando solos en casa tenemos algo a todo volumen. ¿Qué tememos del silencio? ¿Qué deja al descubierto? ¿Qué solapa en nosotros el ruido que generamos o que proviene del exterior?

    Una persona que sabe relacionarse con el silencio se regocija en él continuamente. No tiene por qué dar saltos de alegría, no tiene por qué comunicarle al mundo cómo se siente, porque es en su mundo donde ha entablado amistad con su propia dimensión silenciosa. El silencio en uno alcanza su propio clímax, su propio orgasmo que tan sólo perciben aquellos que detectan el aroma del silencio.

    Pero a lo largo de la historia de la humanidad, el silencio nunca ha resultado atractivo. Las personas que han logrado hacerse un hueco en los libros de historia, son aquellas que hicieron mucho ruido, fueron inmensamente ruidosas, en cambio, jamás veremos referido ningún silencio, nunca se reseñará ningún registro. La persona silenciosa nunca se hará un hueco -ni seguramente lo desee- en ningún posicionamiento para hacerse notar, porque su idioma, su modo de expresar ya no es el común. El gentío no lograría conectar con la vibración sutil de su silencio. Su modo de expresar esa experiencia logrará vías distintas, incluso su hablar pausado, con consciencia y alerta, provoca destellos de ese silencio que ha eclosionado.

    Entonces a lo largo de la historia también ha habido personas tratando de hacer llegar el mensaje del silencio. Místicos, maestros espirituales, yoguis... Muchos han querido dar a probar lo que ellos han degustado, han tratado de ofrecer lo que ellos han saboreado. Pero como mucho han podido dar indicaciones, la posibilidad de girar la consciencia, pues el silencio no puede ser ofrecido desde afuera, pero sí señalado hacia los adentros. Debe ser un encuentro de uno mismo con el silencio que jamás se ha esfumado. Debe ser la búsqueda de acallar la mente, del aquietamiento del pensamiento, de la desidentificación del ego lo que deje espacio para emerger el silencio.

    Será entonces cuando el idioma se transforme, cuando el alma se renueve y el espíritu se fortalezca. Será cuando se manifieste lo inaudible, cuando se escuche el sonido que no es sonido, se articule la palabra que no es palabra, y percibamos el aplauso de una sola mano. Entonces el silencio traerá consigo su propia sabiduría, su propia enseñanza perenne, su propia cualidad de belleza que hasta entonces no conocíamos.

    Un baño de silencio no deja a la persona indiferente. Muta su consciencia, se transforma su ser. Ya no es invadido por el ruido del mundo, porque en su propia dimensión de silencio se recrea y se asienta deleitándose en su propio gozo. Entonces el silencio ya nos ha conquistado y ha enraizado en nosotros como un florecimiento que ha descifrado lo que nunca podrá ser explicado.
 








domingo, 31 de julio de 2016

La angustia existencial.

A veces la existencia parece convertirse en un teatro donde uno no sabe qué función tiene que representar. Lo que entendemos por vida, va cogiendo forma de embudo hasta dejarnos aprisionados por completo. Es ésta una sensación de angustia interior donde el mismo hecho de existir ubicados en un plano vivencial sin capacidad de elección o escapatoria, despierta en el sujeto una ansiedad indescriptible donde un argumento racional no dispone de su propio renglón para ser depositado.

    Entonces no hay un foco, un objeto o un síntoma en sí al cual atajar la displacentera sensación angustiosa. Es el propio hecho de existir, el simplemente sabernos vivos junto al misterioso juego de la vida lo que puede llegar a despertar autentico pavor en quien lo experimenta. Es cuando el propio océano que da de respirar al pez, se convierte en una angosta pecera de la cual toma abrupta consciencia.

    La mente parece llegar a un límite en el que parece toparse con un muro que no puede derribar para ver qué hay más allá. Es el bloque de lo ignoto, la configuración de lo incognoscible. Pero la desazón que le despierta ¨conectar¨ con esa realidad subyacente, y no aparente, hace que su ser se constriña y aleje del núcleo que permite emanar la vida. Esa diferenciación y separatividad fragmenta la integración del individuo. Su ser se vuelve pedazos, su esencia se diluye entre el polvo de sus propios escombros. Ya no hay capacidad de asirse.

    Cuando se experimenta la angustia existencial, la vida ya no es sólo misteriosa y enigmática, sino que despierta miedo y parálisis. Es como si por momentos fugaces pero muy intensos, pudiéramos asomar la cabeza hacia algo más real de lo que entendemos como tal. Es la sensación de caída libre hacia lo más abismal de uno mismo, y en donde la percepción común ya no nos sirve para poder agarrarnos.

    Lo que hasta ahora entendíamos por vida se convierte en una gran mentira. La realidad pierde consistencia, el envoltorio empieza a romperse y ante nuestros ojos parece que la película en la que estamos inmersos fuese a dar los créditos finales. Se percibe una falsedad sobre lo constituido, una puerta entreabierta hacia una realidad desconocida pero que está ahí, pero sin una sustentación que pueda ser verificable.

    Quien percibe también nos da la espalda, el yo se inmola, se ausenta, se desvanece sin que podamos acogernos a nuestra identidad como vía de fiabilidad. La existencia entonces nos mantiene secuestrados en una dimensión en el que parece que detectamos sus márgenes divisando un límite que no podemos traspasar. Entonces el sinsentido lo percibimos como agresivo, golpea la cognición, destruye el raciocinio, aterra con su sola presencia y desbanca cualquier intento de acceder a la ¨normalidad¨.

    La conciencia parece desprogramarse y desajustarse; no encuentra la salida del backstage al que ha accedido y se genera la sensación de cortocircuito. Las preguntas golpean. ¿Y ya está? ¿Esto es todo? ¿Es que no hay más? Y en ese cuestionamiento la percepción irrumpe como un cataclismo sobre uno.

    Es como querer traspasar una puerta prohibida, conocer de primera mano el misterio en el que estamos incluidos, todo ello sin una autorización, como si la existencia nos dijese: ¨¡Ah no! Tú no, no vas a llegar a donde no ha llegado nadie¨, y se nos devolviera a la antesala, a la función donde estamos obligados a representar nuestro papel. Al percibir la totalidad de ese modo, todas las estructuras egóicas se desintegran, el yo que conocemos se derrite, y el ser que creemos sentir pierde su puesto dejándolo hueco y ausente.La zozobra nos abraza, nos envuelve en ese saber que algún día alcanzaremos la finitud.

    Entre nosotros y la realidad parece haber una pantalla proyectando una película de la que no podemos salir. La interrogante aplasta como un devastador tornado que pasa por nosotros llevándose consigo aquello que parecía consistente.

    Pero una vez pasa el ciclón, comienza de nuevo el reajuste, la construcción de nuevo de uno mismo conllevando una integración en esta dimensión de vida. La angustia, que parece inacabable e infinita, debe ir dejando paso a algo más allá que una experiencia aterradora. Puede ser fácil caer en lo banal, en los entretenimientos, en realizar más actividades e incluso en las adicciones. Al principio parecerán calmantes que nos sacan del infierno que parecemos estar viviendo, pero al final no habrán sido sino que escapes fugaces para no enfrentar la inquietud de saber quiénes somos y qué sentido tiene todo esto.

    Entonces hay que regresar de nuevo, volver de ese viaje sin brújula que es la angustia, incorporarnos después de habernos asomado al abismo que trató de engullirnos. Necesitamos divisar de nuevo la orilla en mitad del océano, reconstruir lo que parece haberse disuelto. La angustia que no  todo el mundo percibe ni experimenta, deber ser una motivación y darle un carácter transformativo. No podemos quedarnos indemnes observando nuestro interior fragmentado, no podemos dejar caer en terreno fértil el sentimiento de tan angosta dimensión.

    Sobre el mismo debe florecer otro tipo de comprensión, de entendimiento, de sensibilidad. El yo del que parece habernos quedado huérfanos debe volver a cimentarse pero desde otro enfoque, otra óptica, otra manera de sostenerse, ya que el ego, la identidad permanente que creemos ser, la identificación del yo que parecía ser invencible, no nos ha servido de nada. Se esfumó, se desvaneció entre la neblina de la confusión. No pudimos agarrarnos a él como una rama fiable; quebró, y con él se despedazó todo lo que parecía que creíamos que daba sentido. Entonces más allá de las apariencias comenzamos a denotar lo insustancial, lo impermanente de los fenómenos (incluida dicha angustia), la ausencia de una yoidad fiable, la percepción de que nuestra identidad no es fija e inamovible, sino transitoria e inconsistente.

    En esa especie de ¨nadas¨, de vacuidad que nos disuelve, debemos empezar a rellenarlo con nuestro sentido. Las interrogantes deben dejar paso a las exclamaciones, la angustia a la relajación, la incertidumbre de no saber a bucear en el mar de lo misterioso. Podemos llegar a sentirnos afortunados habiendo cruzado la angustia existencial (difícil de creer ¿verdad?) porque nuestra visión del Todo se ha ensanchado, ha ido más allá de la panorámica corriente y ha atravesado la cortina de lo común.

    Entonces comienza una reconciliación, incluso un estado de profunda gratitud. Comenzamos de nuevo a amigar con aquello que nos producía enemistad, comenzamos a asentarnos con aquello que nos provocaba desestabilización. Entonces todo lo que te envuelve y rodea comienza a recibirte, vuelves a abrirte a ello. Ya no eres un extraño en este escenario de obras inconclusas que es la vida, la existencia te acoge como el hijo pródigo que quiso aventurarse y echar la mirada más allá. Pero la existencia no hace concesiones y te limita el paso (eso parece) para no saber más de la cuenta. Entonces recibes la invitación para vivir el misterio, no para resolverlo; para adentrarte en lo desconocido sin cargar con tantas preguntas, viviendo y viviéndote, y entonces la vida se regocija ante tu presencia, los pájaros cantan más fuerte, los árboles te reconocen al pasar y asientan.

    Este nuevo renacer da paso a otro enfoque, quizás menos negativo para entendernos, pero tuvimos que atravesar el túnel. Ya no se trata de ¨adónde vamos¨ o ¨de dónde venimos¨, sino quiénes somos en este momento. Lo metafísico se echa a un lado para que podamos zambullirnos en la corriente de lo común, apreciando la sencillez, lo cotidiano, haciendo de lo más pequeño lo más grandioso, y con ello, accediendo de nuevo a integrarnos a la vida que no es sin que seamos, fundiéndonos en un fuerte abrazo sin límites y agradecido.

    La angustia deja paso a un florecimiento de realización, donde uno vuelve a coger las riendas para confiar en la existencia en completa apertura y con un especial tipo de agradecimiento que vibra en lo más profundo de nuestro interior.







 

sábado, 25 de junio de 2016

Ramiro, un compañero en la Búsqueda.

MIS ALUMNOS, MIS AMIGOS ESPIRITUALES, MIS MAESTROS
Han pasado quinientos mil alumnos por el centro de yoga SHADAK. Quinientos mil amigos espirituales. Quinientas mil personas en el anhelo por mejorar. Medio millón de practicantes con los que he meditado, he indagado espiritualmente, he compartido inquietudes y sentimientos de plenitud. Mantengo con ellos comunicación siempre que lo desean, sé de ellos y ellos saben de mí, formamos una sinergia fraterna. A menudo me escriben para alentarme, demostrarme su cariño, hablarme sobre su evolución y autodesarrollo. Y hoy he recibido el mail de mi buen amigo y alumno desde hace muchos años Raúl Santos, escritor inspirado y sugerente, rastreador de las realidades que se ocultan tras las apariencias, alma grande. Quiero compartir con vosotros este mail, porque es un canto a la amistad sincera y profunda, porque es la evidencia de que el el alumno es maestro y el maestro es alumno, de la misma manera que la madre hace al hijo pero también el hijo hace a la madre. Gracias, Raúl, por tu sentido testimonio. Sigue meditando, sigue escribiendo y sigue siendo la fenomenal persona que eres.
¨Ramiro, un compañero en la Búsqueda¨.
Aún recuerdo aquel libro que me llamó tanto la atención... ¨El arte de la paciencia¨. ¡Por fin alguien hablaba de una virtud tan importantísima y de la que parece no tener cabida en este mundo tan competitivo!
Y así comenzó una relación en unos años de desorientación, de no saber por dónde agarrar el anhelo incesante de saber, de rastrear algo que uno sólo intuye, de buscar una respuesta a una pregunta que ni tan siquiera se ha formulado.
Y empiezan a caer más libros en mis manos... Empiezo a leer palabras como yoga, meditación..., empiezo a saborear enfoques acertados y comienza a golpear en mí una verdad que resuena por dentro y que parece acoplarse por su reconocida familiaridad que no puedo evitar experimentar. Se abre una brecha en mitad de la oscuridad, una brújula en la desorientación de un desierto que pocos saben descifrar.
Entonces intento practicar en casa, noto pequeños despertares, me planteo apuntarme a sus clases. Y un caluroso día da la casualidad que me encuentro con Ramiro en la zona de libros de una famosa tienda de Madrid. Antes de pensar, reacciono y le saludo, él me sonríe y da la mano. ¨¡Me sonríe!"¨, digo para mis adentros. Al fin y al cabo, le pueda gustar más o menos, Ramiro es conocido, y no es fácil encontrar amabilidad y cercanía de esa manera.
A los pocos meses me apunto a sus clases. Al entrar al centro de yoga le vuelvo a encontrar, como uno más, inmerso en sus alumnos, sin escapar, sin dejar distancia. Vuelvo a saludarle, vuelve a sonreírme. Y así llevo practicando yoga a día de hoy ocho años. Cayendo en querer ser más flexible, en querer alcanzar eso que llaman ¨Iluminación¨, pero de nuevo uno regresa al punto de partida en el yoga soltando el alcanzar y queriendo más estar.
Con el tiempo,y sin forzar,surge una relación de amistad con Ramiro. Llegan las ruedas de preguntas en clase, le tengo frente a mí. ¡Tanto que preguntar! ¡Tanto que sondear! A uno le gustaría tenerle en exclusiva, llevarle con uno y preguntarle constantemente: ¿Qué hago, muestro firmeza en esta situación o mantengo la ecuanimidad?
Y van llegando las preguntas y van golpeando sus respuestas. Uno intenta desnudarse en clase, incluso delante de los compañeros, para que se pueda generar una cirugía interna y transformativa. Y comienzan a crearse las inquietudes más espirituales, las preguntas que no son fáciles de formular porque en el momento en que empiezan a pronunciarse pierden de su grado experiencial. Es difícil explicar la angustia existencial, las experiencias de despersonalización, la desrealidad de la madrugada, la ansiedad de simplemente verse vivo en este decorado existencial. A uno le cuesta plantear estas preguntas, quizás por no sentirse incomprendido, quizás por no desvirtuar la clase, quizás porque uno cree que sólo le pasa a él. Pero Ramiro conoce esos túneles, esas angostas dimensiones que ofrece la existencia. Con su mirada profunda dice que te entiende, que sabe por lo que estás pasando, que no hay de lo que preocuparse, que es el denominador común del anhelo místico que sentimos los buscadores.
No hay nada que pague esa comprensión, ese pequeño mapa en el tránsito cósmico que nos envuelve con un tipo de soledad imposible de descifrar. Pero no, no quiero tildarle de maestro, no quiero que sea mi gurú. Además eso a él le ofende, le relaciona con lo que tanto denuncia en el mercado espiritual. ¡Claro que le agarraría de las barbas y le exigiría que me explicara todo, que me desentrañara todos los misterios que alimentan mi interrogante espiritual! Pero no puedo cargarle con la responsabilidad de hacer mi trabajo interior. Es cada uno su propio maestro y su propio discípulo, como tanto nos repite.
Por eso es mi amigo, la persona que hizo que descubriese que existe la esperanza a través del yoga y la espiritualidad de transformarse y dar a la vida un sentido más noble, también me incitó que al leerle yo también escribiera, que algún día cumpliera el sueño de entrevistarle, que pueda intercambiar mails y sobre todo, ser un compañero en esta trayectoria que llamamos vida.
Gracias Ramiro
Raúl Santos Caballero.

miércoles, 15 de junio de 2016

El cariño.

El cariño es una energía muy poderosa que se genera y se transmite a través de seres vivos. Es calidez, reconfortamiento, alimento del alma. Es la dimensión refinada del amor.

    Se genera en la cercanía, en la proximidad, pero también se puede reconocer en la lejanía, en la distancia, porque su poder es palpable y familiar. El cariño es la dosificación de un amor expansivo llevado a la práctica. Convierte cualquier tipo de relación, o interactuación, en una atmósfera agradable y acogedora.

    Es una esfera donde no gobiernan las emociones negativas o los sentimientos generados por el odio o el rencor. Nace de la claridad mental y de un corazón distendido y no contraído. Es la comunicación de seres más elocuente, donde su profundidad alcanza grados de comprensión lejos de razonamientos y lógicas aplastantes.

    En ausencia de cariño se marchita el espíritu, el mundo deja de ser un hogar y la desconfianza puede comenzar a brotar. El cariño es la lumbre que derrite el frío constante al relacionarnos, propulsa el ánimo y enciende un sentimiento de unicidad que elimina asperezas y roces. Es la primera comunicación directa de una madre con su hijo, la manera de entenderse una enfermera con sus pacientes, el empuje de un maestro para transmitir a sus alumnos, los signos de muestra de un animal con su dueño, la energía que siente una planta al ser regada con cariño.

    El cariño es la señal de sentirnos queridos y considerados noble y sanamente. Se evapora el temor, se esfuman los miedos. En darlo ya lo estamos recibiendo, siempre y cuando sea de corazón y no por exposición, porque nos colma, nos satura de una cualidad especial en donde dejamos a un lado las diferencias para fundirnos en un plano emocional que nos completa e integra.

    El cariño encuentra muchas vías para manifestarse. Desde el afecto, la caricia, un silencio expresivo o un inminente abrazo. Pero ni todo el mundo está preparado para mostrarlo, ni todo el mundo está capacitado para recibirlo. En el momento en que transmitimos cariño el mundo se detiene, la mente se silencia y erupciona dentro de nosotros una rebosante sensación de plenitud que queremos hacer llegar y compartir.

    En la entrega de cariño no todo son gestos afectuosos, también hay cabida para las restricciones, las negativas y las muestras de firmeza con carácter constructivo, porque a veces es el canal en el que podemos hacer llegar un cariño arropado de vestiduras que reconduzcan una situación.

    Mostrar cariño no es signo de debilidad, como tampoco lo es saber reconocerlo y valorarlo. El cariño mostrado es una extensión de nuestro bienestar emocional, una irradiación de nuestra esencia más cercana y benévola, la propagación de una llama de nuestra hoguera interior. Si nuestro corazón está cristalizado, no somos ni huésped ni anfitrión del cariño. Si estamos acorazados de miedo y temor, no estamos capacitados para abrir nuestros brazos, y menos aún, recibir o dar un abrazo.

    El cariño debería de ser nuestro principal lenguaje a la hora de entendernos con nuestro entorno. En lo que decimos, las maneras, los gestos... Todo puede estar rociado de cariño, endulzado de esta cualidad que no tiene mayor misterio que el de transmitir lo mejor de nosotros a todo ser y criatura que, al igual que nosotros, desea y anhela sentirse querido, añorado y envuelto bajo el manto del cariño.

    Pero el cariño antes de esparcirse debe comenzar en nosotros mismos. Debe primero traspasar la frontera de nuestra individualidad para después propagarse hacia el resto. Si sólo proyectamos cariño hacia los demás pero no somos capaces de generarlo hacia nosotros, es un cariño de escaparate, es un jardín fuera de un hogar al que no llega el aroma, es no ser capaces de dar primero un cariño a lo más cercano de uno mismo.

    Por ello, el cariño, nace no sólo de cierta sensibilidad o quizás un grado de ñoñería, nace de un conocimiento de sí, de una experimentación en donde la cualidad de amar se fracciona para convertir en tangible la calidez que emanamos y que queremos que recaiga en los demás. Nace de un sentimiento rebosante que no se desgasta cuanto más lo demos, pues en nuestra interioridad equilibrada su energía nos inunda y salpica casi sin proponérnoslo en cualquier situación, acercamiento, relación o momento.

    Sin cariño cualquier gesto incluso de la vida cotidiana se realiza desde la desgana, la desidia y la dejadez. Con cariño todo se torna más unidireccional, todo se concentra en una mayor atención que se retroalimenta en la propia satisfacción que se genera de manera natural al propiciarse de manera genuina.

    Hay personas que dicen amar a todo el planeta y sus seres y al universo, pero no muestran el más mínimo cariño al que está a su lado. El cariño es amor menos enaltecido pero en cambio más presto y solícito. El cariño es amor en busca de menos reconocimiento pero en cambio adereza un instante fugaz. Es la vía humilde en la que se propaga la capacidad de querer y amar sin la búsqueda de lo que por ello se nos pueda recompensar.

    Hagamos del cariño un aroma que incite a ser exhalado, una fuerza arrolladora pero canalizada en cada ejecución que realicemos empleando la consciencia. Sin cariño el mundo tiende a quedarse en blanco y negro, a enfriarse, a oscurecerse una parte del mismo. Si en nuestro mundo de cada uno el cariño tiende a expandirse, estaremos creando una parte del mismo que rocía con su calor la pequeña parte proporcional de la que somos dueños en este planeta.

    Antes de que se produzca el gesto, el cariño debe emerger en uno mismo, y para ello, nada mejor que aportar luz en nuestras consciencias para disipar la oscuridad que tanto se puede mantener dentro de nosotros y que no permite reconocer la cálida cualidad del cariño que nos pertenece, y del que somos responsables de mantener y alimentar constantemente.


    El cariño debe ser un florecimiento al que regar constantemente, una lluvia que lanza la nube ya cargada que no puede evitar mantener un minuto más, unos rayos de sol que se propagan sin la espera de ser devueltos y en donde en el ser humano genera un espíritu más cordial que, a través de su sola presencia, invita a todo lo que esté a su alrededor a disfrutar de esa fuente inagotable que genera el cariño.